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REVISTA MÉDICA DE ROSARIO60
FANTASÍAS CON EL CELLO
El maestro que partió sin diagnostico
-¿Se podrá saber de dónde obtuvo esa pieza que en
modo alguno fue escrita para el Cello? …Perdón, per-
dón, buenos días, ante todo. Torpeza la mía por haber
irrumpido así.
-¡Tranquilidad, uno ya sabe con qué bueyes le toca
arar; con todo, retribuyo los buenos días! Y a propósito
de su pregunta, cuando me crucé con la partitura, me
decía para mis adentros, a un sgón que conozco bas-
tante bien se le van a poner los pelos de punta.
-La melena me abandonó hace bastante tiempo,
pero sigo desbordando en curiosidades.
-Doy fe. Le cuento que se trata de un arreglo escrito
por Mathieu Herzog para Cello y orquesta.
-¿Del aria de Casta Diva?
-Efectivamente, circula una versión muy bien logra-
da de la cellista Camille omas.
-¡Espero que la ejecute pronto!
-Me agradaría. Si hay algo que caracterizó al belcan-
tismo, es su fenomenal riqueza melódica.
-Un sí denitivo. Es cautivante ese modo de arti-
cular el registro y el tono de la voz con la dimensión
emocional del texto.
-Tampoco le van a la zaga, los varios tipos de legato,
staccato y la messa di voce.
-Igualmente… algo así como una plusvalía que el
público recibe jubilosamente y cuando el cantante sabe
recurrir a la gestualidad para fortalecer el efecto, nos
sentimos entre algodones.
-Sabe que mientras habla, su cara se transforma.
¡Qué fenómeno tan particular la Ópera!
-Al menos para mí. De paso le acerco otro dato,
cuando el vibrato encaja para exaltar la expresión de las
palabras y embellecer las notas más largas, la mesa está
servida.
-¿Hay algún compositor por quien tiene alguna pre-
dilección?
- ¡Vincenzo Bellini!
-Como dicen los propios italianos, “non c’è paragone”.
-Un superdotado, yo diría con un talento innato
para ese género musical.
-Me han dicho que murió bastante joven.
-Lo que se dice una verdadera desgracia para el mun-
do de nuestra amada Euterpe.
-Pero no fue el único caso.
-Por supuesto, aunque con Mozart tenemos una
suerte de bálsamo porque su inagotable veta creadora le
permitió ofrendarnos una plétora de tesoros musicales.
-Pero….
-En lo que hace a la ópera, especícamente, hay dos
hechos muy lamentables. Por un lado, Bizet.
-¿Y el amigo Vincenzo?
-Exacto, no llegó a cumplir 34 años.
-¿Era siciliano, verdad?
-De Catania para más detalles, aunque su partida se
produjo muy cerca de París.
-Cuestiones ligadas a su carrera, me imagino.
-Así es. Falleció en septiembre de 1835, dos años
después de establecerse en la gran urbe.
-Supongo que, para entonces, ya gozaba de fama eu-
ropea.
-Es que sus óperas orillan en una exquisitez resaltada
por esa expresividad dramática, lírica y poética.
-Lo que veníamos comentando.
-El mozo venía dando claras señales de su talento
y, a partir del estreno de Il Pirata en Milán en 1827, se
reveló como poseedor de una nueva concepción estética.
-Quien se consagraba allí tenía el camino allanado.
-Absolutamente. Le siguieron ofertas por directores
de los teatros veneciano y milanés.
Memento Vincentius!
-Un tanto agriado porque comienzan a aparecer di-
versos problemas de salud, en parte debido a un exceso
de trabajo
-¡El maldito estrés!
-Se hallaba rmemente dedicado a cumplir con sus
nuevos encargos: I Capuleti e i Montecchi, La Sonnam-
bula y, posteriormente, Norma.
-Como para no fatigarse con tales títulos.
-Se hicieron presentes trastornos digestivos, supues-
tamente inamatorios, mismo un tocamiento hepático
que requirió cuidados prolongados, sangrías y adminis-
tración de eméticos.
Fantasías con el Cello
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-¿Pero habrá conseguido reponerse, con todas esas
extrañezas?
-Ya hablaremos de rarezas, cierto es que para nes de
1830 se sentía mucho mejor. Por suerte no faltaron esos
amigos generosos que lo albergaron en la apacible villa
de Moltrasio, a orillas del lago de Como.
-¡Un lugar que sanando inspira!
-Diría que sí, a tal punto que al año siguiente el ter-
ceto estaba concluido.
-¡Bravo por él!
-Sobrevino un viaje a Londres a principios de 1833,
donde pasó un período cuasi ideal, por denirlo de al-
guna manera.
-¿Por qué no se quedó allí?
-A comienzos del año siguiente el libretista italiano
Carlo Pepoli radicado en París lo convocó para trabajar
en I Puritani; la cual se terminó representando a princi-
pios de 1835 en el éâtre Italien, con un éxito rotundo.
-A Te o cara.
-A cargo de Alfredo Kraus, si se puede optar.
-¡Y a disfrutar de la Grand Cité!
-No tan así, al parecer se cansó bastante rápido de
la ruidosa vida cotidiana; encima vivía en un espacio
bastante reducido.
-¿Entonces?
-Vincenzo aceptó el ofrecimiento de un diplomático
inglés para habitar en su villa Le Gigan, en el pueblo
de Puteaux a orillas del Sena, probablemente fascinado
por el carácter rural y aristocrático a la vez de esos alre-
dedores.
¿Quién sería este señor?
-Salomón Lévy, aparentemente cónsul británico y
amigo del compositor, a partir de su visita a Londres el
año anterior.
-Un lugar muy vivible, convengamos.
-La zona gozaba de cierta nombradía.
-¡De parabienes!
-Atravesaba un tiempo muy prometedor, Puritani
había conquistado París, y era objeto de gran admira-
ción, e incluso se murmuraba un posible matrimonio
con Clelia Pasta.
-Los astros se estaban alineando convenientemente.
-Admitamos que sí. Por otro lado, era miembro del
animado y selecto círculo del matrimonio Belgiojoso,
en particular la señora Cristina, una aristócrata italiana,
quien luego tuvo un rol destacado en la independencia
de su país.
-Corrían los tiempos de los grandes salones.
-Exacto, veladas musicales a las cuales asistían ar-
tistas de la talla de Liszt y Chopin, Delacroix, Heine,
Dumas, Hugo, Musset y Sand.
La crème de la crème!
-Caricias de uno y otro lado, pero vuelven los pro-
blemas intestinales.
-¡Qué cruz!
-Un inmenso pesar. En el momento en que su popu-
laridad ya era continental, falleció tras una enfermedad
de tres semanas.
-¡Sapos y culebras!
-Un paciente relativamente sano, cuyo inesperado
deceso dejó muy mal parado al sistema de salud pari-
sino.
-Tenga presente que no sólo Ud., adolece de curio-
sidad.
-Allá vamos, pues.
-La muerte de Vincenzo Bellini, ocurrida el 23 de
septiembre de 1835 en Puteaux, estuvo rodeada de mis-
terios.
-Pero entre tantas incógnitas, ¿habrá alguna pista
más o menos conable?
-Unos diez días después de incumplir con sus habi-
tuales reuniones, la Usina de rumores pone a circular:
“Bellini está enfermo”.
-¿De buenas a primeras?
-Existe una carta fechada el 4 de septiembre de
1835, dirigida a su amigo Francesco Florimo, en la cual
le comentaba que llevaba tres días con una ligera diarrea
sin hacer mención de tratamientos o visitas médicas.
-¿Ningún Galeno fue a examinarlo?
-Puteaux no era más que un poblado por aquel en-
tonces y no contaba con médico ni farmacéutico.
-A la buena de Dios.
-Según el testimonio del barón Aymé d’ Aquino, los
Levy habrían dispuesto el aislamiento de Bellini impi-
diendo el acceso a las visitas.
-¿Quién sería ese noble?
-Un integrante de una familia del Reino de Nápoles,
que consiguió visitarlo el 11 de septiembre, hallándolo
postrado en cama por la disentería.
-¿De qué estamos hablando?
-Una especie de diarrea.
-¿Solo de toda soledad?
-Estaba la dueña de casa Madame Levy, quien rega-
ñó duramente a Bellini, ordenándole descanso absoluto
y nada de visitas.
-¡Regente de profesión!
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-Preocupado por el hecho, d’Aquino se lo rerió a su
tío, el compositor Carafa.
-Que vendría a ser .
-Michel Carafa de Colobrano, músico y ayudante
de campo, devenido en comandante de batallón tras la
campaña de Napoleón en Rusia.
-Como para que moviera alguna cha.
-Algo de eso, el punto es que el 12, d’Aquino regresó
a la Villa, pero el jardinero le impidió la entrada.
-¡Las órdenes son órdenes, Monsieur.
-Aunque dos días después, el propio Carafa fue a la
villa de Puteaux y encontró al maestro tendido en su
cama: "Bellini está muy débil".
-¿Y?
-Del 14 al 23 de septiembre, el maestro seguía como
recluso. Ningún dato.
-Más que en un enfermo allí habitaba un secreto.
-Hartos de esa situación, la noche del 22, un grupo
de amigos decide acudir al Procurador del Rey.
-Algún reejo, nalmente.
-En el mientras tanto, al día siguiente, D’Aquino re-
gresa a la Villa; la puerta entreabierta, en su interior un
silencio absoluto; y en el segundo piso, Bellini muerto
en su lecho.
-¡Qué horror!
-Cuando el jardinero apareció con velas en la mano,
le contó que los Levy estaban en París en tanto que el
maestro había fallecido, entre delirios y convulsiones.
-¡Pero algún médico debe haberlo visitado, por todos
los cielos!
-En realidad Cristina Belgiojoso envió el 11 de sep-
tiembre a Luigi Montallegri, un compatriota exiliado,
quien habría servido como médico en el ejército de Na-
poleón.
-¡Menos mal!
-El facultativo estaba ojo de papeles, puesto que el
título de médico supuestamente obtenido en 1802 le
fue reconocido ocialmente por la Facultad de Medici-
na de París en 1839.
-O sea que al momento de visitar a Bellini, ejercía la
medicina casi clandestinamente.
-Y sí. Lo cual podría haber jugado un papel impor-
tante, en esto del hermetismo.
-Eso de que el silencio es salud, aquí no se dio.
-Para nada.
-¿Por qué huyeron los Lévy?
-En el desván de los enigmas; en mi cabeza también
ronda otra pregunta.
-Cante la justa.
-Si bien Montallegri tenía una limitada experiencia,
mantenía un estrecho contacto con Severini del éâtre
Italien a quien supo informar sobre el estado de salud
del maestro vía notas dejadas en su despacho.
-¿Y?
¿Por qué el director del teatro, conocedor de un par
de médicos muy reputados, no les solicitó que fueran a
examinarlo?
-¡Lo que se dice un culebrón!
-En sus observaciones, el 20 de setiembre, Monta-
llegri consignaba el alarmante estado, con considerables
episodios de diarrea mucosa y sanguinolenta.
-Feo, feo.
-Al regresar al día siguiente le pareció que había me-
jorado un tanto gracias a unas ampollas administradas
en la visita previa.
- ¿Ampollas de qué cosa?
-Se supone que Bellini pudo haber recibido un tra-
tamiento con emetina y quinina por vía oral y rectal.
-Que traducido al castellano
-Enemas y supositorios de productos naturales ex-
traídos de plantas, gracias a una técnica desarrollada por
el farmacéutico Joseph Pelletier en 1822.
-¿Se las había procurado ese señor?
-No Montallegri las habría obtenido de Joseph
Bonnevin, farmacéutico con quien sostenía un vínculo
amistoso.
-¿Y los Levy?
-Algunos reeren que a menudo dejaban la villa por
compromisos en otros sitios.
-Se me hace que en estos casos, radio pasillo es muy
prolíco en versiones oscurantistas.
-¡No faltó quien elucubrara envenenamiento!
-Como había ocurrido con Mozart.
-Por suerte se cuenta con la autopsia que puso paños
fríos a tantos "perché mi piace".
-¿A cargo de Montallegri?
-Para nada. Convocaron al Dr. Adolphe Dalmas,
profesor de la Facultad de Medicina de París.
-Finalmente apareció alguien competente.
-A destiempo, pero es conveniente su ingreso a es-
cena. Había sido miembro del comité encargado de la
lucha contra el cólera en 1831 y 1832, habida cuenta de
su experiencia en epidemias previas en Rusia, Polonia,
Alemania y Gran Bretaña.
-¿Se trataba de cólera?
-No. La autopsia reveló que la mucosa del intestino
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grueso estaba cubierta de numerosas úlceras con un gran
absceso en el hígado, en tanto que los órganos restantes
estaban indemnes.
-Un intestino devastado.
-Lamentablemente. Dalmas poseía un amplio cono-
cimiento de la patología intestinal, y sus conclusiones
establecieron que el fallecimiento se debió a una severa
inamación a ese nivel, descartando claramente cual-
quier indicio de cólera o envenenamiento.
-Fin de la cuestión.
-Con el diario del lunes, es altamente probable que
este síndrome disentérico encaje con una amebiasis cró-
nica.
-¿Qué cosa sería doña ameba?
-Un parásito que ingresa a nuestros intestinos a tra-
vés del agua y alimentos contaminados.
-¿Algo de larga data?
-Difícil saber cómo habría llegado a infectarse.
-Entendible.
-No se excluye la posibilidad de contagio fuera de
Sicilia, en particular en Génova, donde Bellini se alojó
en 1829.
-Viajaba bastante el joven.
-Por supuesto. Lo más factible es que haya sido por
esa época. Durante 1830, la enfermedad volvió a irrum-
pir, requiriendo un largo periodo de convalecencia de-
bido a la anemia resultante y la debilidad general con
pérdida de peso.
-El periodo que pasó en la Villa de Moltrasio.
-Efectivamente. Incluso es razonable suponer que
allí se produjera el tocamiento hepático inicial.
-¿Pero consiguió recuperarse?
-Reposo y vida sana son muy buenas consejeras.
-Nada de lo que le aguardaba en París.
-El que quiere celeste que le cueste, reza el refrán.
-Precio muy alto desgraciadamente.
-El estilo de vida en la Gran Metrópoli, acarreaba
diversos excesos, y con un parásito bien aquerenciado el
escenario favoreció al visitante.
-Uno ha visto que el éxito trae consigo unos genieci-
llos muy proclives a lastimar.
-No le quepan dudas.
-Para mi gusto son momentos en que la “VICTO-
RIA” debe ser puesta bajo vigilancia.
-Quienes mantenían contacto con el maestro, hicie-
ron mención de su irritabilidad e inestabilidad anímica,
sumado a las incertidumbres profesionales.
-Se empieza a transitar en el borde del cráter.
-Después sobreviene un círculo vicioso donde un
problema deriva en otro y viceversa.
-¿Por ejemplo?
-Avanzado el cuadro, la no ingesta de líquidos, su-
mada a la pérdida de agua y sal por la diarrea y la sudo-
ración inducidas, podría haber llevado a la aparición de
las convulsiones.
-Entiendo, pero la falta de una atención médica
acorde también podría haber acelerado el desenlace fa-
tal.
-Como solemos decir entre nosotros, no se pueden
formular suposiciones de experimentos no realizados.
-Aun así…
-Queda en el candelero de lo muy factible. Resulta
claro que la carencia de una consulta para obtener la
opinión calicada es inexplicable y hasta negligente.
-Subiría el tono de los adjetivos, pero dejémoslo ahí.
-Por fuera de la enseñanza bien académica de la gran
urbe, la naciente medicina tropical ya había tomado
nota de estos problemas.
-Pero lejos de los grandes centros de formación.
-Así es, un conocimiento más periférico por decirlo
de alguna manera.
-¿Y en qué momento se anotició la medicina euro-
pea?
-Un par de décadas después, cuando la enfermedad
amebiana adquirió su mayoría de edad y comenzó a
ocupar un sitio en la lista de padecimientos a ser tenidos
en cuenta.
-¡Lindo enredo!
-Existe un conocido aforismo “se diagnostica lo que
se piensa y se piensa lo que se sabe”.
-¡Qué genialidad!
-Se tomó conciencia de lo nocivo y hasta imprede-
cible que podrían ser estas afecciones del aparato diges-
tivo, en individuos que hasta ese momento incluso im-
presionaban sanos.
-Pobre Bellini.
-Con tanta culpa escondida, de alguna manera debía
introducirse un elemento compensatorio.
-¡Un funeral de aquellos, mon ami!
-Con todas las solemnidades posibles.
-Nada que me sorprenda.
-Se celebró el viernes 2 de octubre de 1835 en la
iglesia de San Luis de los Inválidos, en presencia de
miembros de la familia real, numerosos estadistas, di-
plomáticos y artistas.
-No alcanza, hay que sumar más ingredientes.
Fantasías con el Cello
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-Elemental Watson. Participaron los coros, orquestas
y solistas de la Ópera y el éâtre Italien quienes unieron
fuerzas para la ocasión en un majestuoso espectáculo
musical.
- ¿Y las fanfarrias?
-A la orden del día, una banda de 120 músicos y
percusionistas, que incluso acompañaron a la procesión
fúnebre en su trayecto hacia el cementerio del Père-La-
chaise.
-¿Está sepultado allí entonces?
-No, en 1876 se produjo el regreso con todas las glo-
rias a su Catania natal.
-Un acto de justicia.
-Coincido.
-¡La muerte de Vincenzo es un acontecimiento muy
difícil de digerir!
-Entre las limitaciones de la medicina y negruras de
la condición humana, su fallecimiento nos sigue abofe-
teando: a medio camino entre una suerte de obsecuen-
cia e insensatez.
-Y en parte hasta provocativa.
-Sobre todo, porque deja ese sentimiento, de resis-
tirnos a aceptar que un ser capaz de escribir una música
tan sentida haya muerto de una forma así indigna.
-Voy a volver al arreglo de Casta Diva.
-Celebro que así lo haga.
-Encima, ya tenía una atracción muy particular por
su obra.
-Es que sus partituras incurren de lleno en una mú-
sica capaz de despertar los sentimientos más profundos
del alma humana, sin necesidad de recurrir a efectos al-
tisonantes.
-Podríamos incluirlas entre esas que algunos directo-
res designan como piezas verosímiles y cercanas.
-Algo por el estilo. Desde una óptica muy personal,
el renamiento de Bellini es a la ópera lo que Chopin
fue al piano.
-¡Ambos sintonizaban muy bien!
-Se imagina si pudiésemos viajar a través de la luz,
para ver si quedó algún registro astral de sus diálogos.
-¡Resérveme un asiento!
-Dos coetáneos que encajaron a la perfección con ese
especial modo de sentir y concebir la existencia humana,
el Romanticismo.
-¿Qué fue mucho más allá de la música?
-Por supuesto, atravesó todas las formas del arte, en
clara confrontación con la Ilustración, al situar en el
centro a las emociones en lugar de la razón.
-Al nal un poco de aire fresco y vivicante.
-Es el gran objetivo del arte.
-¿Cómo sería eso?
-Su nalidad no es otra que la propia persona.
-¿O sea?
-En la alegría, el desasosiego, la pena, el desencanto;
alguien tomó lápiz y papel, otro paleta con pinceles e
così via.
-Pensándolo bien, debo decir que mis cuatro cuer-
das, del grave hacia el agudo, hacen mi existencia mu-
cho más llevadera y quizás hasta placentera.
-No me sorprende.
-¡Uy, en un rato tenemos ensayo!
-Gustoso me sentaría a escucharlos, pero me aguarda
una reunión virtual, nada de artístico, como verá.
-¡Póngale onda como dicen los jóvenes! Y no deje de
pegarse una vuelta de cuando en cuando, tenga presente
que los Cellos también estamos dotados de alma.
Fiat voluntas tua!
O B